domingo, 13 de enero de 2013

En democracia, la economía se basará en el procomún

En parte de la izquierda existe un renacido movimiento en defensa de los bienes comunes, a la vista del permanente proceso de saqueo al que éstos están sometidos y que se ha ido acelerando con la agudización de la actual crisis capitalista. Yo pienso que se trata de una reclamación manifiestamente insuficiente en todas aquellas formulaciones que no cuestionan la propiedad del suelo ni de los medios de producción. Una de las iniciativas que tiene más audiencia es la conocida como Economía del Bien Común, promovida por el alemán Christian Felber. Este economista, junto con un grupo de empresarios, emprendió en 2010 el desarrollo de un modelo al que ellos consideran alternativo, tanto al capitalismo de mercado como a la economía planificada o socialista. La implantación de este modelo la fundamentan en una adaptación de la economía capitalista a valores humanos, como los de confianza, honestidad, responsabilidad, cooperación, solidaridad, generosidad y compasión. Bien es verdad que el modelo prevee algunos límites a la propiedad privada y a la herencia, pero de ahí no pasa y todo su modelo apunta a un modelo idílico de empresas capitalistas sostenibles y ejemplares, capitaneadas por propietarios muy ecologistas y solidarios, cuya finalidad es supuestamente distinta a la convencional, basada en el beneficio personal a través de la explotación del trabajo asalariado. A buen seguro que se trata de una iniciativa bienintencionada, pero tan inútil como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que al omitir el derecho al más común de los bienes humanos -la Tierra común-, enmascara y protege la sistemática apropiación privada de ésta y la mercantilización del trabajo humano, impidiendo de raíz el desarrollo efectivo de todos los derechos humanos.

Es cierto que el saqueo de los bienes comunes se había iniciado antes del capitalismo, tal y como hoy lo conocemos; y cierto es que en la época feudal la acumulación de la propiedad privada del suelo ya había sentado las bases para su actual “normalización” capitalista; como también es verdad que la tarea de garantizar su reproducción social pasó a manos del Estado, que se atribuyó la administración de los bienes comunales que habían logrado salvarse del saqueo privado-feudal, inventando “lo público” como sucedáneo de lo común. El saqueo continúa hoy sobre los escasos restos de aquellos bienes comunales primitivos y sobre los nuevos bienes comunes que la sociedad va generando en torno al conocimiento, la cultura, la información y la comunicación.

Sostengo que la verdadera democracia es incompatible con la dominación de unos seres humanos por otros y que, por eso mismo, es radicalmente incompatible, tanto con la apropiación privada de los recursos naturales y de la Tierra entera que los contiene, como con el trabajo asalariado en su moderna versión como sucedáneo de la esclavitud. Y no sólo la democracia es imposible mientras perdure la barbarie, normalizada e institucionalizada, de ese sistema de dominio; lo más grave es que también bloquea la posibilidad de supervivencia de la especie humana, frontalmente amenazada por un acelerado y sistemático proceso de agotamiento y destrucción de los bienes comunes, como consecuencia lógica de un sistema económico fundamentado en la apropiación de lo común, en la mercantilización del trabajo humano y en el crecimiento contínuo.

También sostengo que la Democracia, como bien común, ha sido víctima de un proceso de apropiación similar al de la propia Tierra y al del resto de los bienes que integran el Procomún universal. En Democracia, las comunidades humanas habrán recuperado el dominio sobre los bienes comunes, junto con el igualitario y justo acceso a los mismos para todos los individuos de la comunidad. Sin Democracia, el futuro es moralmente insoportable, científicamente improbable y racionalmente imposible. Y aunque perdure por siempre una duda razonable acerca de la cordura de nuestra especie –así como sobre el límite de edad de nuestro planeta-, sí sabemos con certeza que la Democracia es la condición necesaria, aunque no suficiente, para hacer posible ese futuro.

En su histórica adaptación y doblegamiento a la hegemonía capitalista, la izquierda política ha ido borrando de sus programas la antígua reivindicación de la Tierra común como primero de los bienes raíces y comunales. Actualizar esa reivindicación de la izquierda es el paso obligado para lograr la hegemonía de la razón sobre la barbarie moral, económica y ecológica del capitalismo. Sólo a partir de ahí, podremos afrontar el inicio de la Democracia.

PD: 1º. De un amigo catalán he recibido un enlace a un artículo escrito a principios del siglo pasado y publicado en un periódico anarquista editado por entonces en Valladolid, mi ciudad natal. Produce admiración y sonrojo releer hoy lo que, a propósito de la propiedad del suelo, pensaban aquellos cultos obreros de hace más de un siglo, desde su inquebrantable pensamiento libre y racionalista; por su oportunidad y brevedad, lo reproduzco a continuación:

“La propiedad del suelo” (Artículo publicado el 15 de febrero de 1.911, en el nº1 del periódico EscuelaLibre, órgano del Ateneo Obrero Sindicalista de Valladolid)

“La posesión del suelo por uno o varios individuos, con exclusión de la restante mayorí a, es la causa de la existencia de la miseria.
Esta verdad, tantas veces anunciada, conviene que se repita sin cesar. Nuestro globo ha preexistido a la humanidad, la tierra, antes que la humanidad apareciera en ella, no tenía dueño; lógico es admitir que las primeras generaciones humanas la poseyeron en común. ¿Por qué actualmente pertenece el suelo a una minoría? Indudablemente porque los fuertes en un momento dado se lo apropiaron a expensas de los débiles, que no supieron ni pudieron impedirlo. La fuerza física individual pudo servir a los primeros ocupantes; después la fuerza organizada creó circunscripciones llamadas naciones, y en cada circunscripción los poseedores de la tierra y monopolizadores del capital creado por el trabajo servil se atribuyeron la parte del león, procurándose fragmentos de territorio a cambio de dinero. Y se produjo éste caso: los proletarios, careciendo de participación en el suelo, para trabajar y vivir, se vieron obligados a humillarse a los propietarios, ofreciéndoles un trabajo a cambio de un salario, dando lugar al abuso que los economistas excusan o justifican en nombre de la ley de oferta y demanda, en que el capitalista propietario usurpa sistemáticamente el producto del trabajo.

De semejante anomalía resulta la esclavitud de los trabajadores, y la inexplicable incongruencia existente entre los derechos declarados por la “democracia” moderna y la brutalidad arcaica del hecho social, por la cual mientras se declara la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos, viven materialmente divididos según la antigua legislación romana en hombres-persona, con libre acceso a todas las ventajas sociales, y en hombres-cosa, supeditados a sus dominadores.


El suelo es la fuerza productora material indispensable al trabajo; es, pues, de absoluta justicia que todo ser humano tenga en él libre participación, lo que equivale a decir que el suelo ha de ser poseído en común por la humanidad.
Para efectuar esa transformación de la propiedad, que se impone por necesidad y por justicia, la sociología adelanta nociones racionales, el privilegio opone cuantas dificultades tiene a mano y el progreso allana la ira, hasta el momento en que se produzca la explosión que, en los grandes días de la historia, señala infaliblemente el momento de la evolución cumplida”.


2º La Carta de los Comunes, es una propuesta del Observatorio Metropolitano de Madrid, un espacio de investigación militante.

Fernando G. García

domingo, 18 de noviembre de 2012

Ecologías en la economía

Según se mire, la economía se nutre constantemente de vocablos nuevos para explicar sus avances, ya sea en su versión solidaria o en su vertiente más devoradora (por desgracia sigue ganando esta última, pero no se vayan todavía). Así, ya es lugar común en diversos ámbitos referirse a “ecosistema productivo”, “modelos sostenibles” o también es un concepto extendido el ”capital semilla”, por citar algunos ejemplos. Pero el post de hoy no va de explicar esos vocablos, ni profundizar teóricamente en alternativas a la visión economicista de la vida, que tanto nos influye (para lo que recomendamos la entrada de Economía del bien común o de Economía ecológica en Wikipedia). Lo que queremos es destacar algunas experiencias recientes que muestran cómo cierta visión ecológica (esto es, dando prioridad a los ecosistemas y a las especies sobre los individuos, sean humanos o de otro tipo) se puede complementar con una manera de entender la producción y el consumo en que impera el respeto por el entorno y no el beneficio per sé. En que la suma de las partes puede ser mayor que el conjunto, donde se busca afianzar modelos sostenibles y a la vez integrados en una relación con la tierra que no sea de explotación sino de convivencia inteligente. Valores asociados estrechamente con lo ecológico, propuestas activistas pero realistas a la vez, que sumadas pueden ofrecer luz en estas encrucijadas socioproductivas que vivimos, donde tanto cuesta ver a menudo a qué gran poder o suma de intereses se está favoreciendo por el simple hecho de vivir (y por tanto comprar, producir, alimentarse, relacionarse, etc).

Como avanzamos en nuestro último post, un ejemplo destacado de proyecto ecológico que creemos merece la pena conocer es Open Source Ecology, que promueve principalmente la regeneración ambiental y la justicia social. Se trata de una comunidad de agricultores, ingenieros y otros voluntarios trabajando en una forja de maquinaria pesada de diseño abierto (y por tanto replicable por cualquier interesado), que se encuentra desde hace algún tiempo en plena producción de una serie de prototipos que permitan la creación o desarrollo de asentamientos humanos autónomos, bajo el concepto de Global Village Construction Set (“set global de construcción de aldeas”). Ese set o conjunto de maquinaria consta de diseños para fabricar desde molinos de viento hasta hornos de pan, pasando por excavadoras, paneles solares, prensas de ladrillos de tierra comprimida, motores hidráulicos o sembradoras (se puede ver la lista completa y estado de desarrollo en su wiki). Tiene como características principales, a parte de ser de código abierto (y por tanto toda su socumentación), la modularidad de sus elementos, que estos sean bajo coste, que se puedan reparar fácilmente por el usuario, un ciclo cerrado de manufactura (reciclando el metal con una de las máquinas) y finalmente que promuevan la economía distribuida (alentando la replicación de empresas que deriven de la plataforma, como una ruta a la empresa verdaderamente libre). En el vídeo a continuación (o este otro que usaron para una de sus campañas de crowdfunding) podéis ver que todo esto son más que declaraciones de principios, pues ya están en ello a pleno rendimiento:

Otra iniciativa relevante a la hora de entender por dónde se están moviendo aplicaciones prácticas de lo económico sumado a lo ecológico, en este caso con el componente de Internet como pieza fundamental, sería LandShare. Se trata de un portal que fomenta compartir trabajo y cosechas entre propietarios de tierras en desuso en el Reino Unido y gente que las quiera trabajar. Para ello basta con darse de alta en el sistema, cuya oferta de terrenos disponibles y demanda de espacios para cultivar encuentra en las lógicas geolocalizadas de la red la mejor herramienta posible, donde hasta la fecha más de 70.000 usuarios registrados le pueden dar uso e ir generando así lógicas de comunidad, de recursos compartidos y, en definitiva, acción directa sobre el tejido productivo a cargo de la sociedad. En España contamos con el ejemplo equivalente en Huertos Compartidos (cuyo vídeo de presentación fue cofinanciado mediante una campaña en Goteo), una red social inspirada en la anterior mediante la cual quienes ofrecen terrenos y buscan huertos para trabajarlos pueden conocerse y llegar igualmente a acuerdos para compartir lo sembrado.

Para acabar con un tercer ejemplo, nuevamente desde una óptica distribuida e integradora de lo sostenible y necesario para convivir con y en la tierra (y así llevarnos socialmente a buen puerto), destacamos la iniciativa y filosofía de red de los Transition Towns o comunidades de transición. Más que una comunidad, se trata ya un movimiento internacional para fomentar la resilencia a nivel local en poblaciones concretas ante el desafío por partida doble del cambio climático y el pico de petróleo, y que lejos de resignarse o delegar en terceros propone pasar a la acción, e incluso disfrutar, fomentando el consumo de proximidad (en vez de el coste energético fruto de la deslocalización productiva), el reciclado y reparación de bienes de consumo (para combatir la obsolescencia programada) o el fomento de monedas locales alternativas (tema del que ya habló fantásticamente y con detalle Pau Llop en un post anterior en el Colaboratorio). En España se han activado ya iniciativas de transición en lugares como Cádiz, Barcelona, Mallorca o A Coruña. Aquí se puede consultar el mapa de iniciativas de “transición” a nivel mundial, y en este enlace acceder al PDF de un detallado artículo de Antonio Scotti para la revista ECO Habitar.

Si conocéis más ejemplos de propuestas similares (o bien os apetece hablar sobre sus detalles) os invitamos a dejar vuestros comentarios en el post y seguir ampliando ejemplos. Desde Goteo creemos que es muy importante profundizar en este ámbito donde se mezclan lo ecológico y lo económico, en el que estamos particularmente interesados al ir constatando cómo es posible cofinanciar y compartir resultados de diferentes tipos de proyectos bajo esa óptica. Y así seguir identificando y ayudando a hacer posible prácticas que nos ayuden a todos a progresar colectivamente y de modos coherentes con nuestro entorno.


Goteo.org.
eldiario.es

sábado, 1 de septiembre de 2012

Libro: "La economía del bien común". Christian Felber

 
 "La economía del bien común"
Christian Felber
Ed. Deusto

La economía del bien común, el modelo económico alternativo de Christian Felber, ha despertado un enorme interés en todo el mundo. Prueba de ello es que en menos de un año, centenares de ciudadanos, políticos, asociaciones y empresas se han unido a esta iniciativa y no parece que esto vaya a acabar aquí.

Esta teoría está basada, al igual que una economía de mercado, en empresas privadas e iniciativa individual. Sin embargo, la diferencia con los modelos anteriores estriba en que las empresas no se esfuerzan por competir entre ellas para obtener más beneficio económico, sino que cooperan para conseguir el mayor bien común para la sociedad en su conjunto.

En este revolucionario libro, bestseller en Austria y Alemania, se explican detalladamente los principales valores sobre los que se asienta el modelo auspiciado por Felber: dignidad humana, solidaridad, sostenibilidad ecológica, justicia social y democracia. ¿El objetivo? Poner freno a la desigualdad social, a la destrucción medioambiental y la pérdida de sentido y democracia que reina en nuestros días. ¿Te apuntas al cambio?

martes, 24 de julio de 2012

Grupos de consumo: otra agricultura y alimentación es posible

¿Qué comemos? ¿De dónde viene aquello que consumimos? ¿Cómo se ha producido? Son algunas de las cuestiones que preocupan cada día más a una parte significativa de personas. Frente al empobrecimiento del campesinado, la perdida de agrodiversidad, los escándalos alimentarios... son muchos quienes reivindican recuperar la capacidad de decidir sobre las políticas agrícolas y alimentarias.

Por este motivo, no nos debería de sorprender que en los últimos años se hayan multiplicado en el Estado español las experiencias que, desde la auto-organización social, promueven modelos de consumo alternativos a los convencionales, que dan la espalda a los supermercados y que apuestan por “otro consumo” basado en unos criterios de justicia social y ecológica.

Son los llamados grupos de consumo agroecológico, personas de un barrio o de una ciudad que se ponen de acuerdo para comprar conjuntamente y adquirir productos y alimentos de proximidad, agroecológicos, de temporada y campesinos, estableciendo una relación directa de compra con un o varios agricultores locales. Se trata de iniciativas que apuestan por una manera de consumir alternativa, creando alianzas entre el campo y la ciudad y construyendo espacios de solidaridad mutua en las urbes.

Las primeras experiencias de este tipo en el Estado español surgieron a finales de los años 80 y comienzos de los 90, especialmente en Andalucía y Catalunya. Y a partir de principios de los 2000, se multiplicaron y aumentaron en todo el territorio, a raíz del poso dejado por el movimiento “antiglobalización” y por el auge de los escándalos alimentarios.

Hoy resulta difícil señalar cuantos grupos y cooperativas existen, ya que a pesar de que algunas de ellas están formalmente constituidas como cooperativas o asociaciones, muchas otras no están formalmente registradas. En Catalunya, algunas de éstas se coordinan en la Coordinadora Catalana d’Organitzacions de Consumidors de Procutes Ecològics (Ecoconsum); en Andalucía en la Federación Andaluza de Consumidores y Productores Ecológicos (FACPE); en Galicia en la Rede Galega de Consumo Responsable; y en Aragón en EcoRedAragón.

Hay, también, distintos modelos. Algunas integran en su seno a consumidores y a campesinos, quienes planifican conjuntamente la producción agrícola y los primeros colaboran puntualmente en las tareas del campo, mientras que otras están formadas únicamente por consumidores, quienes establecen una relación directa con los campesinos. Hay modelos llamados de “cestas abiertas”, donde cada consumidor puede pedir periódicamente aquellos productos que necesita de un listado de alimentos de temporada que le ofrece el campesino, y hay otros formatos de “cestas cerradas”, donde el consumidor recibe periódicamente una cesta con productos de la huerta de su proveedor.

Pero a pesar de algunas diferencias, los grupos y cooperativas de consumo agroecológico son experiencias que buscan devolver la capacidad de decidir sobre aquello que comemos a las personas y que defienden un modelo de agricultura de proximidad y campesina. En definitiva, un modelo de consumo que rechaza el actual sistema agrícola y alimentario, monopolizado por un puñado de multinacionales de la agroindustria que anteponen sus intereses particulares, de hacer negocio, a las necesidades alimentarias de las personas y al respeto al ecosistema.

Grupos de consumo, movilización social y cambios políticos, la clave para otro modelo de agricultura y alimentación.

Esther Vivas
El Periódico.com
 

sábado, 21 de julio de 2012

La economía solidaria, parte de la lucha ciudadana

Desde que en los ochenta empezó la regresión y agresión neoliberal, dirigentes, voceros y representantes de la peor versión del capitalismo han pretendido que “su” modo de entender la economía y organizar la sociedad es el único posible. Un pensamiento totalitario que se concentra en el malhadado “Consenso de Washington”: crecimiento incesante, desregulación de capitales, ningún control financiero, menos impuestos a grandes empresas y ricos, concentración empresarial, privatización del sector público (especialmente educación y sanidad), menos gasto social, rigidez en presupuestos estatales... Una política destructora como es más que evidente desde hace cinco años, inicio de la crisis. Destructora porque el capitalismo alberga la semilla de la crisis suicida.
 
Con un paro crónico, incremento de pobreza y desigualdad, grave crisis ambiental (cambio climático incluido) y sin atisbo de superar la negativa situación económica actual, es diáfano que estamos ante una crisis profunda y global del propio capitalismo.
 
Ante la crisis-estafa ha habido y hay respuesta ciudadana: movilizaciones, ocupaciones de plazas y calles, huelgas generales, auto organización ciudadana... Hay que avanzar y empezar a atosigar a quienes detentan el poder financiero y afectar a sus ilegítimos, cuando no ilícitos, intereses y obscenos beneficios. Empezar a preocupar y fustigar a la banca, grandes empresas y corporaciones; también a sus cómplices y encubridores: dirigentes y dueños de medios de persuasión (antes informativos) y, por supuesto, a la mayoría de políticos profesionales al servicio descarado del poder financiero y empresarial. Denunciar ante los tribunales a responsables de la crisis-estafa, organizar la desobediencia civil, ayudar de modo organizado a inmigrantes sin permisos, empapelar las ciudades con los rostros, actuaciones y delitos de quienes nos han llevado a la crisis y en ella nos mantienen, organizar brigadas ciudadanas de vigilancia de derechos humanos y denuncia de sus violaciones... Muchas de esas acciones y actuaciones ya se han iniciado; pues más, más intensas y en todas partes.
 
Pero también hay que continuar buscando y aplicando propuestas económicas de otro mundo posible. Mercados de tiempo, de intercambio, aprovechamiento organizado de alimentos desechados (que no estropeados) para quienes están peor, atención sanitaria paralela, cooperativas de producción y servicios… Una forma no capitalista de entender la vida. Y avanzar en la batalla por los valores democráticos y sociales para sustituir la devastadora ideología neoliberal, consumista, competitiva e individualista por una cultura comunitaria, de solidaridad y cooperación, de creatividad liberadora y de paz. Otra cultura en la que poseer nunca sea más que ser y crear y en la que acumular bienes materiales, lujos o dinero aparezca como la vileza y necedad que es; donde competir solo sea deportivo y el crecimiento como motor económico desaparezca por estúpido y suicida.
 
La lucha por un mundo justo y decente incluye esas otras economías que ya surgieron incluso antes del retroceso neoliberal y de la crisis. Como recuerda Jordi García Jané, son miles de prácticas económicas distintas, que no son capitalistas y se rigen por otros valores: justicia, solidaridad, cooperación, conciencia comunitaria, respeto a la naturaleza... Economías no desquiciadas por la necesidad de crecimiento continuo. Economías que satisfacen necesidades de las personas y comunidades, no las crean; necesidades reales como trabajo, alimentación, vivienda, educación, atención a los mayores, cuidado de la salud, creatividad... Economías que se desarrollan y aplican con la participación de todos porque son asunto de todos.
 
Economías de producción cooperativa, comercio justo, consumo responsable (que no consumismo), finanzas éticas y gestión de bienes comunes; economías organizadas democráticamente. Más de 750.000 empresas cooperativas y más de 800 millones de personas practican y aplican en el mundo otra economía que no es capitalista. No son mayoría (por ahora), pero esa otra economía no capitalista crece.
 
En la Historia, toda agresión y explotación ha generado respuestas, alternativas y contraculturas. En la lucha de la ciudadanía global por otro mundo más justo y libre, la economía solidaria, social, es parte de la respuesta a la crisis, a la agresión, al vaciado de la democracia y a la fascistización del mundo.
 
Y averiguar también como dar más pasos ciudadanos adelante para hacer retroceder a la dictadura financiera, para que la ciudadanía empiece a conseguir poder para construir otro mundo posible. Más justo, decente y democrático. Como escribe el economista Juan Torres López, ese paso adelante “no con respuestas aisladas y desunidas. Hay que reaccionar frente a la tiranía del poder financiero y político con el medio al que nunca podrán vencer: la máxima unidad ciudadana, la desobediencia civil y el sabotaje democrático pacífico (siempre pacífico) de sus normas e imposiciones. Sin miedo y con esperanza, pues como dijo Gandhi: Siempre ha habido tiranos y asesinos, y por un tiempo han parecido invencibles. Pero siempre acaban cayendo. Siempre”.
 
 Xavier Caño Tamayo
Periodista y escrito
Alainet

sábado, 7 de julio de 2012

Ética en tiempos de crisis

Insiste un buen número de economistas, neoliberales y de los otros, en afirmar que la ausencia de algunos valores éticos no ha tenido influencia en la crisis que padecemos desde 2007. Según ellos, las crisis se han sucedido a lo largo de la historia y habría que suponer entonces que los vicios que las causan son consustanciales a la naturaleza humana.

Tienen razón en afirmar que la posibilidad de desarrollar vicios y también virtudes es consustancial a los seres humanos, pero convendría recordar la lección de aquel jefe indígena que contaba a sus nietos cómo en las personas hay dos lobos, el del resentimiento, la mentira y la maldad, y el de la bondad, la alegría, la misericordia y la esperanza. Terminada la narración uno de los niños preguntó: ¿cuál de los lobos crees que ganará? Y el abuelo contestó: el que alimentéis.

A los economistas neoliberales, y no sólo a ellos, les gusta ignorar estos relatos y creer que de los vicios privados a veces surgen buenos resultados para la vida económica y de las virtudes privadas a veces surgen malos resultados. Por eso prefieren atenerse al viejo dicho “lo que no son cuentas son cuentos” y asegurar que la economía sigue su curso sin que le perjudiquen la codicia o la insolidaridad, que quedarían para la vida privada. A su juicio, quienes mantienen que la falta de valores éticos perjudica a la vida pública son moralistas anacrónicos.

No se trata de recordar que los valores morales son efectivos en la vida pública, sino de distinguir, como hacía Ortega, entre estar altos de moral o desmoralizados como dos actitudes que posibilitan o impiden –respectivamente- que las personas y los pueblos lleven adelante su vida con bien. Qué duda cabe, siguiendo a Ortega, de que una persona o un pueblo desmoralizados no están en su propio quicio y vital eficacia, no están en posesión de sí mismos y por eso no viven sus vidas, sino que se las hacen otros, no crean, ni fecundan, ni son capaces de proyectar su futuro.

Y a la desmoralización hemos llegado no sólo por lo mal que se han hecho las cuentas, sino también porque se han disfrazado con cuentos perversos, como el de la contabilidad creativa, como el de los controladores que no sacaron a la luz los fallos en lo que supuestamente controlaban, como las mentiras públicas sobre lo que estaba pasando, como el empeño en que asumieran hipotecas quienes difícilmente podrían pagarlas, como la constante opacidad y falta de transparencia, como la ausencia de explicaciones veraces de lo que estaba ocurriendo.

Cuando a todo ello se suma que las presuntas soluciones vienen de comenzar los recortes por los más débiles, por los que menos responsabilidades han tenido en la catástrofe, parece difícil creer que la falta de ética (de competencia, mesura, transparencia y responsabilidad) no tiene nada que ver con todo esto y que sólo la mala suerte económica nos ha llevado donde estamos.

Pero como tal vez la principal característica del ser humano es la libertad, la capacidad de tomar la iniciativa, de coger las riendas de la propia vida, personal y compartida, es urgente emprender medidas que ayuden a cambiar el desmoralizador curso de las cosas, y quisiera proponer al menos las siguientes.

Optar por la verdad y la transparencia sería una de ellas. La sana costumbre de contar desde el poder político y el económico lo que ocurre y proponer lo que podemos hacer, explicando el proyecto que se tiene por delante.

Poner tasas a las transacciones financieras, en este mundo de capitalismo financiero, que es preciso replantear radicalmente. Si es cierto que el capitalismo emprendedor se transformó en el corporativo y desde mediados del siglo XX en capitalismo financiero, limitar su expansión es urgente y, como mínimo, utilizar sus recursos para los peor situados.

Apostar por la ejemplaridad, ejercer de forma ejemplar la función política, la judicial, la actividad de la empresa y la de cualquier profesión, no como algo excepcional, sino como un sobrentendido.

No empezar por recortar por lo más fácil, por los más débiles, sino por exigir la devolución de lo que se ha robado y reducir los sueldos de los implicados en la mala gestión.

Proteger a los más vulnerables, a los enfermos, los inmigrantes, los dependientes, los países en desarrollo, los niños porque es su derecho de justicia, amén de una elemental obligación de solidaridad.

Acometer medidas de crecimiento, generadoras de empleo, que para quienes cuentan con capacidad creadora no tienen porqué ser incompatibles con los ajustes.

Tratar de recordar lo que nos une y respetar lo que nos separa, porque agitar sólo lo que puede separarnos es, hoy más que nunca, letal.

Adela Cortina
Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia
CCS (Centro de Colaboraciones Solidarias)