sábado, 5 de octubre de 2013

Ivan Illich, Serge Latouche, el decrecimiento y el movimiento ecologista

Recientemente publiqué un artículo crítico de las tesis a favor del decrecimiento (“El movimiento ecologista y la defensa del decrecimiento”) en mi columna Dominio Público del jueves en Público (29.08.13), que ha generado una larga y extensa respuesta. En dicho artículo aplaudía al movimiento ecologista progresista por su extraordinaria labor concienciando a la ciudadanía del enorme daño que se está produciendo en el bienestar de la población a través de cambios en el ambiente. Alertaba, también en el mismo artículo, del peligro que suponen algunas voces dentro del movimiento ecologista conservador (que también existe) que, según indicaba, podrían ser utilizadas (incluso, en ocasiones, en contra de su deseo) por fuerzas regresivas que estaban deteriorando aquel bienestar popular.

La respuesta al artículo, expresada con bastante intensidad, incluía (además de los predecibles insultos y sarcasmos) observaciones que exigen una respuesta, precisamente por el respeto que me merece la mayoría de movimientos ecologistas existentes en España. Dos de ellas merecían especial atención. Una era que los datos que yo utilizaba eran fácilmente refutables (sin nunca señalar cuáles) y otra (expresada con gran condescendencia) era que yo desconocía el tema, consecuencia de haber escrito sobre estos temas desde hace poco tiempo (sin señalar tampoco dónde estaba tal desconocimiento). Eran, pues, críticas genéricas, carentes de especificidad.

Veamos ahora los datos. Los que utilicé procedían, todos ellos, (como indiqué y cité en mi artículo) de mi buen amigo Barry Commoner, fundador del movimiento ecologista progresista estadounidense, citando las fuentes de estos datos. Siempre tuve plena confianza en la credibilidad científica de Barry Commoner, y no tengo ningún motivo o evidencia para cambiar de parecer. Y ninguno de los que consideran esos datos como erróneos (incluyendo a los comentaristas a los que me refiero) aporta ninguna evidencia que los cuestione. Los datos, pues, continúan mostrando que Commoner llevaba razón en su crítica a Paul Ehrlich (el ecologista maltusiano conservador que todavía ejerce gran influencia en el movimiento a favor del decrecimiento). Otras críticas de mi artículo intentaban enseñarme lo malo que es el consumismo para la sociedad, ignorando lo mucho que he escrito y criticado precisamente sobre ello. Es irritante que personas emitan toda una serie de críticas sin haber antes leído al autor al cual se quiere criticar.

En cuanto a no conocer el tema y ser nuevo en este barrio ideológico, quisiera informar al lector que mi crítica a ese movimiento decrecimiento (que a veces coincide con el anticrecimiento) se remonta nada menos que a los años setenta del siglo pasado. Mi crítica a Ivan Illich, muy influyente (por no decir el autor más influyente) en este movimiento, y maestro del que se considera actualmente el padre de tal movimiento, Serge Latouche, (tal como dicho autor indica en una reciente entrevista –Entrevista a Serge Latouche en Papeles nº 107. 2009-) es bien conocida en el mundo anglosajón. El debate Navarro-Illich fue una experiencia periódica en centros académicos de EEUU en los años setenta. Y mi artículo “The Industrialization of Fetishism or the Fetishism of Industrialization: A Critique of Ivan Illich.” Social Science and Medicine 9: 351-63, 1975, publicado también en el International Journal of Health Services, fue ampliamente distribuido y traducido a doce idiomas. Una versión en castellano apareció en mi libro La Medicina bajo el Capitalismo (debido a la actualidad de la figura de Ivan Illich, he colgado este artículo en mi blog www.vnavarro.org).

El tema del decrecimiento no es nuevo. Se remonta a hace ya muchos años. La terminología cambia, pero la sustancia es la misma. En realidad, es curioso ver como la historia se repite. En los años setenta, el enemigo de Ivan Illich era la “industrialización”. Hoy se llama el “crecimiento”. Según Illich, todas las sociedades convergían hacia la industrialización, que rompía con un orden anterior mejor. Esta industrialización invadía todas las esferas humanas, incluyendo también las áreas sociales como medicina, educación, etc. Así, en medicina, Illich creía que los servicios sanitarios, bajo el mandato –según él- de la profesión médica, estaban y continúan robando al paciente su propia autonomía y capacidad de control de sí mismo. De ahí que estuviera en contra de la universalización de los servicios sanitarios, llegando incluso a afirmar que “disminuir el acceso de las personas más pobres y vulnerables a los servicios sanitarios es, en contra de la retórica de consumo político, bueno para ellos”. Y por si no quedara claro, consideraba el establecimiento del Servicio Nacional de Salud, por el gobierno laborista británico en los años cuarenta en el Reino Unido, como un paso negativo, no positivo. Según esta tesis, los gobiernos que hoy están recortando y eliminando los servicios públicos sanitarios están haciendo un bien a los pobres y vulnerables (a los lectores que crean que estoy simplificando la postura de Illich, les recomiendo que lean mi crítica detallada de tal autor colgada en mi blog, donde página por página indico el lugar de sus textos donde aparecen las citas que utilizo). En realidad, Illich estaba diciendo lo que el gran reaccionario Presidente Nixon estaba diciendo casi durante el mismo periodo: “no preguntes qué puede hacer el Estado por ti, pregúntate, en cambio, qué es lo que puedes hacer para ti mismo”.

En mis trabajos (ver La Medicina bajo el Capitalismo) había mostrado que los sistemas sanitarios pueden reproducir relaciones de poder que opriman a la ciudadanía, mostrando ejemplos de ello. Pero deducir de ello, como hace Illich, que los servicios sanitarios son intrínsecamente instrumentos de control y explotación me parece un enorme error. La universalización de los servicios sanitarios ha sido una gran conquista de las clases populares en la mayoría de países donde ello ha ocurrido. Que un sistema sanitario sea un mecanismo de control, creador de dependencias, depende de quién controla y gobierna esos servicios sanitarios que configura, a la vez, la dinámica de tales servicios.

Y lo mismo ocurre en cuanto al crecimiento. Que un crecimiento sea dañino o no depende de quién controla y para qué objetivos existe tal crecimiento. Hay crecimiento necesario para atender las necesidades humanas, y hay crecimiento para acumular capital. Los dos no se pueden poner en la misma categoría. Crecimiento no es intrínsecamente positivo o negativo. Depende. Y dentro de un mismo proceso de crecimiento hay componentes positivos y otros negativos.
Las teorías del decrecimiento

Lo cual me lleva al análisis de su discípulo Serge Latouche. Este considera que su modelo es una sociedad convivial, el mismo término que utiliza Illich, una sociedad como la existente en Laos cuando él la conoció (es el país que Latouche utiliza como punto de referencia, pues, por lo visto, fue donde se generó su interés en el decrecimiento) (ver entrevista citada) antes de que “estuviera invadida por el conflicto y la guerra entre EEUU y las guerrillas marxistas”. Vale la pena citar sus propios comentarios:

“Fue en Laos donde se produjo el cambio de perspectiva en 1966-1967. Allí descubrí una sociedad que no estaba ni desarrollada ni sub-desarrollada, sino literalmente “adesarrollada”, es decir, fuera del desarrollo: comunidades rurales que plantaban el arroz glutinoso y que se dedicaban a escuchar cómo crecían los cultivos, pues una vez sembrados, apenas quedaba ya nada más por hacer. Un país fuera del tiempo donde la gente era feliz, todo lo feliz que puede ser un pueblo. Pero ya se veía venir lo que iba a ocurrir, y que de hecho está ocurriendo en el momento actual: que el desarrollo iba a destruir esta sociedad que, aunque no fuera idílica (no existe ninguna sociedad idílica), poseía una especie de bienestar colectivo, de arte de vivir, refinado a la par que relativamente austero, pero en cualquier caso en equilibrio con el medio ambiente. El conflicto entre los estadounidenses y los comunistas iba a atraparlos entre dos fuegos e iban a ser desarrollados o subdesarrollados a su pesar, y su equilibrio, su sistema social vernáculo, iba a resultar destruido. Eso fue lo que me condujo de alguna manera a cambiar de parecer y a tomar conciencia del carácter etnocéntrico del desarrollo, incluyendo su versión marxista, es decir, socialista.”

Este párrafo, sin embargo, tiene problemas conceptuales graves, muy graves. Lo que Latouche considera una sociedad convivial era, ni más ni menos, una sociedad feudal, enormemente explotadora de sus habitantes, con uno de los peores indicadores de salud y bienestar social de aquella región, lo cual causó el surgimiento de la guerrilla marxista. Es obvio que Latouche idealiza aquel pasado.

La confusión de los términos
Los autores favorables a las tesis que apoyan el decrecimiento y en ocasiones, incluso, la paralización del crecimiento, confunden crecimiento con crecimiento capitalista. Y asumen que no hay otra forma de crecimiento. Se me dirá –como ya se me ha dicho- que esto no es lo que están pidiendo. Si es así, que cambien la narrativa y el lenguaje. Si son anticonsumistas en un sistema de producción capitalista, que se presenten como tales. Ahora bien, si éste fuera el caso, deberían conocer los enormes debates que ocurrieron en el movimiento socialista entre aquellos que consideraban los medios de producción neutros, reduciendo la transformación al socialismo como un proceso encaminado a mejorar la distribución de los recursos del crecimiento sin cambiar los medios de producción, y aquellos que consideraban que los medios de producción no eran neutros sino que reproducían las relaciones existentes en el modo de producción. Para estos últimos, el socialismo era un cambio, no solo en la distribución, sino en la producción.

Esto se decía y se debatía mucho antes que Illich, Latouche y otros lo debatieran. En realidad, hubo luchas tremendas con vencedores y vencidos en este debate, con enormes consecuencias para el futuro de aquellos países. Es obvio que estos autores desconocen estos debates y estas realidades. Los enormes debates sobre el porqué del fracaso de la Unión Soviética (ver mi libro Social Security and Medicine in the USSR, prohibido en la Unión Soviética, escrito en 1977), sus diferencias con la revolución china, sobre la revolución cultural, sobre la lucha de clases dentro del socialismo, eran precisamente luchas de cómo construir una sociedad comunal que se centrara en los cambios, no sólo en la distribución de recursos, sino en la producción de tales recursos. Tal objetivo sería más relevante que el mero deseo de volver a un pasado que creen que, erróneamente, era mejor. Barry Commoner fue el continuador de este debate que es francamente más útil que el de añorar el pasado.

Vicenç Navarro
Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University
Público.es 

¿Crecimiento económico? ¡No, gracias!

La economía del crecimiento contra el ser humano y la naturaleza.

El crecimiento es más que un dato económico: es un dogma. Sin que pueda ser cuestionado, estructura la sociedad, la producción, el consumo, el trabajo, el Estado de bienestar y nuestros imaginarios colectivos. Sin embargo, es urgente salir de esta ‘sociedad del crecimiento’ que hoy amenaza gravemente el bienestar y el planeta, y apostar por una ‘sociedad del vivir bien’ regida por otros valores y conceptos compatibles con la justicia y la ecología.

A partir del fin de la Segunda Guerra Mundial en los países occidentales, la sociedad del crecimiento se conforma en torno las características siguientes (que detallamos en la tabla): crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), aumento de la productividad, progreso tecnológico, poder adquisitivo, empleo y expertocracia. El objetivo es el crecimiento del PIB, es decir de la tarta económica y material (sin importar la calidad, ni la disponibilidad de los ingredientes, ni los límites del molde) para su consiguiente reparto entre capital y trabajo, ya sea a través del mercado o del Estado. Mientras crezca a buen ritmo la tarta en el “modo pleno empleo, aumentos de productividad y progreso tecnológico”, el capital tendrá garantizado una parte constante, o incluso creciente, del pastel para sus beneficios, y las personas trabajadoras tendrán garantizados (gracias a la redistribución de una parte de los aumentos de productividad) un empleo y el refuerzo de su poder adquisitivo. Sin embargo, este modelo de (relativa) paz social que en varios aspectos sigue alimentando la visión dominante, incluso de las corrientes progresistas, hoy ha caducado. En el momento en el que se eche a perder o se agote la tarta (está envenenada, escasea un ingrediente, el molde tiene límites, algunos comensales se comen demasiados trozos, o todo a la vez como en la crisis actual), la fiesta se acaba (aunque con el hundimiento siguen ganando unos pocos, generalmente los que más tarta habían acumulado). De hecho, este modelo se tambalea en lo más profundo porque choca con una triple crisis ecológica, social y de cuidados [2].

Hacia un modelo económico equitativo y en paz con la Naturaleza
Para superar esta contradicción profunda entre crecimiento y naturaleza, entre capital y vida, es importante por un lado dotarse de una macroeconomía ecológica consistente que sustituya las bases de la economía del crecimiento. En este sentido, se proponen las siguientes características básicas para una economía del vivir bien cuyas definiciones se encuentran detalladas en la tabla: prosperidad sin crecimiento, aumentos de calidad y sostenibilidad, poder de vivir bien, tecnologías abiertas y convivenciales, trabajos productivos y reproductivos y deliberación ciudadana. Luego, sobre la base de estos fundamentos, hace falta fijar los objetivos de una sociedad del vivir bien:

-  Redefinir de forma colectiva y democrática lo que llamamos riqueza y necesidades, es decir responder a las preguntas fundamentales: ¿por qué, para qué, hasta dónde y cómo producimos, consumimos y trabajamos?
-  Reducir nuestra huella ecológica per cápita y en términos absolutos hasta que sea compatible con la capacidad del planeta.
-  (Re)Distribuir el trabajo (y reducir la jornada laboral), las riquezas económicas (reequilibrar el reparto entre rentas del capital y del trabajo a favor de las segundas, instaurar una renta básica y una renta máxima), los cuidados, la tierra y los recursos naturales en base a la justicia social y ambiental.
-  Reconvertir el modelo productivo hacia uno sostenible a través de empleos verdes y decentes [3] y de la relocalización de la economía en circuitos cortos de consumo y producción.
-  Desmercantilizar gran parte de nuestras actividades y descolonalizar nuestras mentes fuera de la lógica del crecimiento. Estos objetivos hacia otro mundo son posibles y deseables. ¿Vivir bien en un mundo solidario y sostenible? ¡Sí, gracias!

Resumen comparativo entre las características de una sociedad del crecimiento y una sociedad del vivir bien

Características de la sociedad del crecimientoCaracterísticas de la sociedad del vivir bien
Crecimiento del PIB: calcula el aumento de cantidades producidas e intercambiadas en el mercado, y lo asimila al bienestar de un país. No tiene en cuenta los límites biofísicos del Planeta, los impactos negativos de la producción, ni su finalidad, los trabajos no mercantiles (de cuidado o voluntarios) o el reparto de riqueza. Prosperidad sin crecimiento: Calcula la riqueza de una sociedad a través de una batería de indicadores sociales, culturales, económicos, ambientales, etc. elaborados por la ciudadanía y que integran los límites y umbrales ecológicos críticos.
Aumentos de productividad: Consiste en producir más cantidades de las mismas cosas con la misma cantidad de trabajo. Es la base industrial del progreso, del tiempo libre, de la protección social, etc. Sin embargo, buena parte de los aumentos de productividad alcanzados por la sociedad industrial son productivistas y nocivos para la sostenibilidad [4]. Aumentos de calidad y sostenibilidad: Consiste en producir mejor y producir otra cosa con igual o más –y mejor– trabajo. Por ejemplo, en vez de producir una tonelada de trigo en la agricultura intensiva, se produce una tonelada de trigo ecológico con más trabajo, en mejores condiciones, con menos energía, menos impacto ambiental e igual o mejor nivel de calidad.
Progreso tecnológico: motor del crecimiento y de la productividad, plantea que la tecnología permitirá combatir la crisis ecológica. Tiene poco o nada en cuenta los riesgos tecnológicos que superan la capacidad de control del ser humano (energía nuclear, transgénicos, mega-infraestructuras, etc.), el efecto rebote [5] y el declive irreversible de las tasas de retorno energético [6]. Tecnologías abiertas y convivenciales: Herramientas al servicio de la comunidad y bajo su control democrático. Favorecen la comunicación, la cooperación y la interacción. Asumen los principios de precaución y de responsabilidad que nos permiten decidir colectivamente que tecnologías son apropiadas según necesidades y capacidad de carga del planeta.
Poder adquisitivo: Es el poder de comprar con su renta a través del mercado cada vez más cantidad de bienes y servicios para tener sus necesidades básicas cubiertas y acceder a la sociedad del hiperconsumo. Además, consumir –sea lo que sea, sin importar sus impactos sociales o ecológicos– es un deber casi patriótico y anticrisis porque, a su vez, crea empleo [7]. Poder de vivir bien: Es un concepto multidimensional que implica el acceso no solo a riquezas económicas sino también a riquezas sociales y ecológicas como la autonomía, la solidaridad, la ciudadanía, la seguridad, la autoestima y el medioambiente. Permite tener cubiertas parte de sus necesidades básicas y el desarrollo de servicios esenciales fuera de la lógica mercantil.
Empleo: Se refiere principalmente al trabajo dominante actual: productivo, mercantil, remunerado, asalariado y a tiempo completo. Vector idealizado del bienestar, de la integración social y del consumo, cualquier trabajo de estas características es considerado como intrínsecamente bueno, sin importar su finalidad, ni su ética, ni sus impactos sobre el medio ambiente, las generaciones futuras o los países del Sur. Trabajo productivo y reproductivo: Se prioriza el trabajo con sentido para sí y para la colectividad donde dominan la autonomía (el control sobre su tiempo y el producto de su labor), la cooperación y las actividades que generan riqueza social y ecológica. Se reequilibra la distribución entre trabajos remunerados y no remunerados, entre mujeres y hombres, y se revaloriza la esfera de la reproducción de la vida (del cuidado de las personas y de la naturaleza).
Expertocracia: Las decisiones más importantes y estratégicas a nivel político, tecnológico, económico, etc. se toman desde ámbitos alejados de la ciudadanía y controlados por expertos y aparatos burocráticos y tecnocráticos. Deliberación y evaluación ciudadana: La ciudadanía fija de forma plural y participativa las necesidades deseables y posibles en un mundo solidario y finito, elige en consecuencia qué tipos de trabajo se requieren para cubrirlas, debate y escoge las tecnologías adaptadas a este proyecto de sociedad.

domingo, 13 de enero de 2013

En democracia, la economía se basará en el procomún

En parte de la izquierda existe un renacido movimiento en defensa de los bienes comunes, a la vista del permanente proceso de saqueo al que éstos están sometidos y que se ha ido acelerando con la agudización de la actual crisis capitalista. Yo pienso que se trata de una reclamación manifiestamente insuficiente en todas aquellas formulaciones que no cuestionan la propiedad del suelo ni de los medios de producción. Una de las iniciativas que tiene más audiencia es la conocida como Economía del Bien Común, promovida por el alemán Christian Felber. Este economista, junto con un grupo de empresarios, emprendió en 2010 el desarrollo de un modelo al que ellos consideran alternativo, tanto al capitalismo de mercado como a la economía planificada o socialista. La implantación de este modelo la fundamentan en una adaptación de la economía capitalista a valores humanos, como los de confianza, honestidad, responsabilidad, cooperación, solidaridad, generosidad y compasión. Bien es verdad que el modelo prevee algunos límites a la propiedad privada y a la herencia, pero de ahí no pasa y todo su modelo apunta a un modelo idílico de empresas capitalistas sostenibles y ejemplares, capitaneadas por propietarios muy ecologistas y solidarios, cuya finalidad es supuestamente distinta a la convencional, basada en el beneficio personal a través de la explotación del trabajo asalariado. A buen seguro que se trata de una iniciativa bienintencionada, pero tan inútil como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que al omitir el derecho al más común de los bienes humanos -la Tierra común-, enmascara y protege la sistemática apropiación privada de ésta y la mercantilización del trabajo humano, impidiendo de raíz el desarrollo efectivo de todos los derechos humanos.

Es cierto que el saqueo de los bienes comunes se había iniciado antes del capitalismo, tal y como hoy lo conocemos; y cierto es que en la época feudal la acumulación de la propiedad privada del suelo ya había sentado las bases para su actual “normalización” capitalista; como también es verdad que la tarea de garantizar su reproducción social pasó a manos del Estado, que se atribuyó la administración de los bienes comunales que habían logrado salvarse del saqueo privado-feudal, inventando “lo público” como sucedáneo de lo común. El saqueo continúa hoy sobre los escasos restos de aquellos bienes comunales primitivos y sobre los nuevos bienes comunes que la sociedad va generando en torno al conocimiento, la cultura, la información y la comunicación.

Sostengo que la verdadera democracia es incompatible con la dominación de unos seres humanos por otros y que, por eso mismo, es radicalmente incompatible, tanto con la apropiación privada de los recursos naturales y de la Tierra entera que los contiene, como con el trabajo asalariado en su moderna versión como sucedáneo de la esclavitud. Y no sólo la democracia es imposible mientras perdure la barbarie, normalizada e institucionalizada, de ese sistema de dominio; lo más grave es que también bloquea la posibilidad de supervivencia de la especie humana, frontalmente amenazada por un acelerado y sistemático proceso de agotamiento y destrucción de los bienes comunes, como consecuencia lógica de un sistema económico fundamentado en la apropiación de lo común, en la mercantilización del trabajo humano y en el crecimiento contínuo.

También sostengo que la Democracia, como bien común, ha sido víctima de un proceso de apropiación similar al de la propia Tierra y al del resto de los bienes que integran el Procomún universal. En Democracia, las comunidades humanas habrán recuperado el dominio sobre los bienes comunes, junto con el igualitario y justo acceso a los mismos para todos los individuos de la comunidad. Sin Democracia, el futuro es moralmente insoportable, científicamente improbable y racionalmente imposible. Y aunque perdure por siempre una duda razonable acerca de la cordura de nuestra especie –así como sobre el límite de edad de nuestro planeta-, sí sabemos con certeza que la Democracia es la condición necesaria, aunque no suficiente, para hacer posible ese futuro.

En su histórica adaptación y doblegamiento a la hegemonía capitalista, la izquierda política ha ido borrando de sus programas la antígua reivindicación de la Tierra común como primero de los bienes raíces y comunales. Actualizar esa reivindicación de la izquierda es el paso obligado para lograr la hegemonía de la razón sobre la barbarie moral, económica y ecológica del capitalismo. Sólo a partir de ahí, podremos afrontar el inicio de la Democracia.

PD: 1º. De un amigo catalán he recibido un enlace a un artículo escrito a principios del siglo pasado y publicado en un periódico anarquista editado por entonces en Valladolid, mi ciudad natal. Produce admiración y sonrojo releer hoy lo que, a propósito de la propiedad del suelo, pensaban aquellos cultos obreros de hace más de un siglo, desde su inquebrantable pensamiento libre y racionalista; por su oportunidad y brevedad, lo reproduzco a continuación:

“La propiedad del suelo” (Artículo publicado el 15 de febrero de 1.911, en el nº1 del periódico EscuelaLibre, órgano del Ateneo Obrero Sindicalista de Valladolid)

“La posesión del suelo por uno o varios individuos, con exclusión de la restante mayorí a, es la causa de la existencia de la miseria.
Esta verdad, tantas veces anunciada, conviene que se repita sin cesar. Nuestro globo ha preexistido a la humanidad, la tierra, antes que la humanidad apareciera en ella, no tenía dueño; lógico es admitir que las primeras generaciones humanas la poseyeron en común. ¿Por qué actualmente pertenece el suelo a una minoría? Indudablemente porque los fuertes en un momento dado se lo apropiaron a expensas de los débiles, que no supieron ni pudieron impedirlo. La fuerza física individual pudo servir a los primeros ocupantes; después la fuerza organizada creó circunscripciones llamadas naciones, y en cada circunscripción los poseedores de la tierra y monopolizadores del capital creado por el trabajo servil se atribuyeron la parte del león, procurándose fragmentos de territorio a cambio de dinero. Y se produjo éste caso: los proletarios, careciendo de participación en el suelo, para trabajar y vivir, se vieron obligados a humillarse a los propietarios, ofreciéndoles un trabajo a cambio de un salario, dando lugar al abuso que los economistas excusan o justifican en nombre de la ley de oferta y demanda, en que el capitalista propietario usurpa sistemáticamente el producto del trabajo.

De semejante anomalía resulta la esclavitud de los trabajadores, y la inexplicable incongruencia existente entre los derechos declarados por la “democracia” moderna y la brutalidad arcaica del hecho social, por la cual mientras se declara la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos, viven materialmente divididos según la antigua legislación romana en hombres-persona, con libre acceso a todas las ventajas sociales, y en hombres-cosa, supeditados a sus dominadores.


El suelo es la fuerza productora material indispensable al trabajo; es, pues, de absoluta justicia que todo ser humano tenga en él libre participación, lo que equivale a decir que el suelo ha de ser poseído en común por la humanidad.
Para efectuar esa transformación de la propiedad, que se impone por necesidad y por justicia, la sociología adelanta nociones racionales, el privilegio opone cuantas dificultades tiene a mano y el progreso allana la ira, hasta el momento en que se produzca la explosión que, en los grandes días de la historia, señala infaliblemente el momento de la evolución cumplida”.


2º La Carta de los Comunes, es una propuesta del Observatorio Metropolitano de Madrid, un espacio de investigación militante.

Fernando G. García

domingo, 18 de noviembre de 2012

Ecologías en la economía

Según se mire, la economía se nutre constantemente de vocablos nuevos para explicar sus avances, ya sea en su versión solidaria o en su vertiente más devoradora (por desgracia sigue ganando esta última, pero no se vayan todavía). Así, ya es lugar común en diversos ámbitos referirse a “ecosistema productivo”, “modelos sostenibles” o también es un concepto extendido el ”capital semilla”, por citar algunos ejemplos. Pero el post de hoy no va de explicar esos vocablos, ni profundizar teóricamente en alternativas a la visión economicista de la vida, que tanto nos influye (para lo que recomendamos la entrada de Economía del bien común o de Economía ecológica en Wikipedia). Lo que queremos es destacar algunas experiencias recientes que muestran cómo cierta visión ecológica (esto es, dando prioridad a los ecosistemas y a las especies sobre los individuos, sean humanos o de otro tipo) se puede complementar con una manera de entender la producción y el consumo en que impera el respeto por el entorno y no el beneficio per sé. En que la suma de las partes puede ser mayor que el conjunto, donde se busca afianzar modelos sostenibles y a la vez integrados en una relación con la tierra que no sea de explotación sino de convivencia inteligente. Valores asociados estrechamente con lo ecológico, propuestas activistas pero realistas a la vez, que sumadas pueden ofrecer luz en estas encrucijadas socioproductivas que vivimos, donde tanto cuesta ver a menudo a qué gran poder o suma de intereses se está favoreciendo por el simple hecho de vivir (y por tanto comprar, producir, alimentarse, relacionarse, etc).

Como avanzamos en nuestro último post, un ejemplo destacado de proyecto ecológico que creemos merece la pena conocer es Open Source Ecology, que promueve principalmente la regeneración ambiental y la justicia social. Se trata de una comunidad de agricultores, ingenieros y otros voluntarios trabajando en una forja de maquinaria pesada de diseño abierto (y por tanto replicable por cualquier interesado), que se encuentra desde hace algún tiempo en plena producción de una serie de prototipos que permitan la creación o desarrollo de asentamientos humanos autónomos, bajo el concepto de Global Village Construction Set (“set global de construcción de aldeas”). Ese set o conjunto de maquinaria consta de diseños para fabricar desde molinos de viento hasta hornos de pan, pasando por excavadoras, paneles solares, prensas de ladrillos de tierra comprimida, motores hidráulicos o sembradoras (se puede ver la lista completa y estado de desarrollo en su wiki). Tiene como características principales, a parte de ser de código abierto (y por tanto toda su socumentación), la modularidad de sus elementos, que estos sean bajo coste, que se puedan reparar fácilmente por el usuario, un ciclo cerrado de manufactura (reciclando el metal con una de las máquinas) y finalmente que promuevan la economía distribuida (alentando la replicación de empresas que deriven de la plataforma, como una ruta a la empresa verdaderamente libre). En el vídeo a continuación (o este otro que usaron para una de sus campañas de crowdfunding) podéis ver que todo esto son más que declaraciones de principios, pues ya están en ello a pleno rendimiento:

Otra iniciativa relevante a la hora de entender por dónde se están moviendo aplicaciones prácticas de lo económico sumado a lo ecológico, en este caso con el componente de Internet como pieza fundamental, sería LandShare. Se trata de un portal que fomenta compartir trabajo y cosechas entre propietarios de tierras en desuso en el Reino Unido y gente que las quiera trabajar. Para ello basta con darse de alta en el sistema, cuya oferta de terrenos disponibles y demanda de espacios para cultivar encuentra en las lógicas geolocalizadas de la red la mejor herramienta posible, donde hasta la fecha más de 70.000 usuarios registrados le pueden dar uso e ir generando así lógicas de comunidad, de recursos compartidos y, en definitiva, acción directa sobre el tejido productivo a cargo de la sociedad. En España contamos con el ejemplo equivalente en Huertos Compartidos (cuyo vídeo de presentación fue cofinanciado mediante una campaña en Goteo), una red social inspirada en la anterior mediante la cual quienes ofrecen terrenos y buscan huertos para trabajarlos pueden conocerse y llegar igualmente a acuerdos para compartir lo sembrado.

Para acabar con un tercer ejemplo, nuevamente desde una óptica distribuida e integradora de lo sostenible y necesario para convivir con y en la tierra (y así llevarnos socialmente a buen puerto), destacamos la iniciativa y filosofía de red de los Transition Towns o comunidades de transición. Más que una comunidad, se trata ya un movimiento internacional para fomentar la resilencia a nivel local en poblaciones concretas ante el desafío por partida doble del cambio climático y el pico de petróleo, y que lejos de resignarse o delegar en terceros propone pasar a la acción, e incluso disfrutar, fomentando el consumo de proximidad (en vez de el coste energético fruto de la deslocalización productiva), el reciclado y reparación de bienes de consumo (para combatir la obsolescencia programada) o el fomento de monedas locales alternativas (tema del que ya habló fantásticamente y con detalle Pau Llop en un post anterior en el Colaboratorio). En España se han activado ya iniciativas de transición en lugares como Cádiz, Barcelona, Mallorca o A Coruña. Aquí se puede consultar el mapa de iniciativas de “transición” a nivel mundial, y en este enlace acceder al PDF de un detallado artículo de Antonio Scotti para la revista ECO Habitar.

Si conocéis más ejemplos de propuestas similares (o bien os apetece hablar sobre sus detalles) os invitamos a dejar vuestros comentarios en el post y seguir ampliando ejemplos. Desde Goteo creemos que es muy importante profundizar en este ámbito donde se mezclan lo ecológico y lo económico, en el que estamos particularmente interesados al ir constatando cómo es posible cofinanciar y compartir resultados de diferentes tipos de proyectos bajo esa óptica. Y así seguir identificando y ayudando a hacer posible prácticas que nos ayuden a todos a progresar colectivamente y de modos coherentes con nuestro entorno.


Goteo.org.
eldiario.es

sábado, 1 de septiembre de 2012

Libro: "La economía del bien común". Christian Felber

 
 "La economía del bien común"
Christian Felber
Ed. Deusto

La economía del bien común, el modelo económico alternativo de Christian Felber, ha despertado un enorme interés en todo el mundo. Prueba de ello es que en menos de un año, centenares de ciudadanos, políticos, asociaciones y empresas se han unido a esta iniciativa y no parece que esto vaya a acabar aquí.

Esta teoría está basada, al igual que una economía de mercado, en empresas privadas e iniciativa individual. Sin embargo, la diferencia con los modelos anteriores estriba en que las empresas no se esfuerzan por competir entre ellas para obtener más beneficio económico, sino que cooperan para conseguir el mayor bien común para la sociedad en su conjunto.

En este revolucionario libro, bestseller en Austria y Alemania, se explican detalladamente los principales valores sobre los que se asienta el modelo auspiciado por Felber: dignidad humana, solidaridad, sostenibilidad ecológica, justicia social y democracia. ¿El objetivo? Poner freno a la desigualdad social, a la destrucción medioambiental y la pérdida de sentido y democracia que reina en nuestros días. ¿Te apuntas al cambio?

martes, 24 de julio de 2012

Grupos de consumo: otra agricultura y alimentación es posible

¿Qué comemos? ¿De dónde viene aquello que consumimos? ¿Cómo se ha producido? Son algunas de las cuestiones que preocupan cada día más a una parte significativa de personas. Frente al empobrecimiento del campesinado, la perdida de agrodiversidad, los escándalos alimentarios... son muchos quienes reivindican recuperar la capacidad de decidir sobre las políticas agrícolas y alimentarias.

Por este motivo, no nos debería de sorprender que en los últimos años se hayan multiplicado en el Estado español las experiencias que, desde la auto-organización social, promueven modelos de consumo alternativos a los convencionales, que dan la espalda a los supermercados y que apuestan por “otro consumo” basado en unos criterios de justicia social y ecológica.

Son los llamados grupos de consumo agroecológico, personas de un barrio o de una ciudad que se ponen de acuerdo para comprar conjuntamente y adquirir productos y alimentos de proximidad, agroecológicos, de temporada y campesinos, estableciendo una relación directa de compra con un o varios agricultores locales. Se trata de iniciativas que apuestan por una manera de consumir alternativa, creando alianzas entre el campo y la ciudad y construyendo espacios de solidaridad mutua en las urbes.

Las primeras experiencias de este tipo en el Estado español surgieron a finales de los años 80 y comienzos de los 90, especialmente en Andalucía y Catalunya. Y a partir de principios de los 2000, se multiplicaron y aumentaron en todo el territorio, a raíz del poso dejado por el movimiento “antiglobalización” y por el auge de los escándalos alimentarios.

Hoy resulta difícil señalar cuantos grupos y cooperativas existen, ya que a pesar de que algunas de ellas están formalmente constituidas como cooperativas o asociaciones, muchas otras no están formalmente registradas. En Catalunya, algunas de éstas se coordinan en la Coordinadora Catalana d’Organitzacions de Consumidors de Procutes Ecològics (Ecoconsum); en Andalucía en la Federación Andaluza de Consumidores y Productores Ecológicos (FACPE); en Galicia en la Rede Galega de Consumo Responsable; y en Aragón en EcoRedAragón.

Hay, también, distintos modelos. Algunas integran en su seno a consumidores y a campesinos, quienes planifican conjuntamente la producción agrícola y los primeros colaboran puntualmente en las tareas del campo, mientras que otras están formadas únicamente por consumidores, quienes establecen una relación directa con los campesinos. Hay modelos llamados de “cestas abiertas”, donde cada consumidor puede pedir periódicamente aquellos productos que necesita de un listado de alimentos de temporada que le ofrece el campesino, y hay otros formatos de “cestas cerradas”, donde el consumidor recibe periódicamente una cesta con productos de la huerta de su proveedor.

Pero a pesar de algunas diferencias, los grupos y cooperativas de consumo agroecológico son experiencias que buscan devolver la capacidad de decidir sobre aquello que comemos a las personas y que defienden un modelo de agricultura de proximidad y campesina. En definitiva, un modelo de consumo que rechaza el actual sistema agrícola y alimentario, monopolizado por un puñado de multinacionales de la agroindustria que anteponen sus intereses particulares, de hacer negocio, a las necesidades alimentarias de las personas y al respeto al ecosistema.

Grupos de consumo, movilización social y cambios políticos, la clave para otro modelo de agricultura y alimentación.

Esther Vivas
El Periódico.com
 

sábado, 21 de julio de 2012

La economía solidaria, parte de la lucha ciudadana

Desde que en los ochenta empezó la regresión y agresión neoliberal, dirigentes, voceros y representantes de la peor versión del capitalismo han pretendido que “su” modo de entender la economía y organizar la sociedad es el único posible. Un pensamiento totalitario que se concentra en el malhadado “Consenso de Washington”: crecimiento incesante, desregulación de capitales, ningún control financiero, menos impuestos a grandes empresas y ricos, concentración empresarial, privatización del sector público (especialmente educación y sanidad), menos gasto social, rigidez en presupuestos estatales... Una política destructora como es más que evidente desde hace cinco años, inicio de la crisis. Destructora porque el capitalismo alberga la semilla de la crisis suicida.
 
Con un paro crónico, incremento de pobreza y desigualdad, grave crisis ambiental (cambio climático incluido) y sin atisbo de superar la negativa situación económica actual, es diáfano que estamos ante una crisis profunda y global del propio capitalismo.
 
Ante la crisis-estafa ha habido y hay respuesta ciudadana: movilizaciones, ocupaciones de plazas y calles, huelgas generales, auto organización ciudadana... Hay que avanzar y empezar a atosigar a quienes detentan el poder financiero y afectar a sus ilegítimos, cuando no ilícitos, intereses y obscenos beneficios. Empezar a preocupar y fustigar a la banca, grandes empresas y corporaciones; también a sus cómplices y encubridores: dirigentes y dueños de medios de persuasión (antes informativos) y, por supuesto, a la mayoría de políticos profesionales al servicio descarado del poder financiero y empresarial. Denunciar ante los tribunales a responsables de la crisis-estafa, organizar la desobediencia civil, ayudar de modo organizado a inmigrantes sin permisos, empapelar las ciudades con los rostros, actuaciones y delitos de quienes nos han llevado a la crisis y en ella nos mantienen, organizar brigadas ciudadanas de vigilancia de derechos humanos y denuncia de sus violaciones... Muchas de esas acciones y actuaciones ya se han iniciado; pues más, más intensas y en todas partes.
 
Pero también hay que continuar buscando y aplicando propuestas económicas de otro mundo posible. Mercados de tiempo, de intercambio, aprovechamiento organizado de alimentos desechados (que no estropeados) para quienes están peor, atención sanitaria paralela, cooperativas de producción y servicios… Una forma no capitalista de entender la vida. Y avanzar en la batalla por los valores democráticos y sociales para sustituir la devastadora ideología neoliberal, consumista, competitiva e individualista por una cultura comunitaria, de solidaridad y cooperación, de creatividad liberadora y de paz. Otra cultura en la que poseer nunca sea más que ser y crear y en la que acumular bienes materiales, lujos o dinero aparezca como la vileza y necedad que es; donde competir solo sea deportivo y el crecimiento como motor económico desaparezca por estúpido y suicida.
 
La lucha por un mundo justo y decente incluye esas otras economías que ya surgieron incluso antes del retroceso neoliberal y de la crisis. Como recuerda Jordi García Jané, son miles de prácticas económicas distintas, que no son capitalistas y se rigen por otros valores: justicia, solidaridad, cooperación, conciencia comunitaria, respeto a la naturaleza... Economías no desquiciadas por la necesidad de crecimiento continuo. Economías que satisfacen necesidades de las personas y comunidades, no las crean; necesidades reales como trabajo, alimentación, vivienda, educación, atención a los mayores, cuidado de la salud, creatividad... Economías que se desarrollan y aplican con la participación de todos porque son asunto de todos.
 
Economías de producción cooperativa, comercio justo, consumo responsable (que no consumismo), finanzas éticas y gestión de bienes comunes; economías organizadas democráticamente. Más de 750.000 empresas cooperativas y más de 800 millones de personas practican y aplican en el mundo otra economía que no es capitalista. No son mayoría (por ahora), pero esa otra economía no capitalista crece.
 
En la Historia, toda agresión y explotación ha generado respuestas, alternativas y contraculturas. En la lucha de la ciudadanía global por otro mundo más justo y libre, la economía solidaria, social, es parte de la respuesta a la crisis, a la agresión, al vaciado de la democracia y a la fascistización del mundo.
 
Y averiguar también como dar más pasos ciudadanos adelante para hacer retroceder a la dictadura financiera, para que la ciudadanía empiece a conseguir poder para construir otro mundo posible. Más justo, decente y democrático. Como escribe el economista Juan Torres López, ese paso adelante “no con respuestas aisladas y desunidas. Hay que reaccionar frente a la tiranía del poder financiero y político con el medio al que nunca podrán vencer: la máxima unidad ciudadana, la desobediencia civil y el sabotaje democrático pacífico (siempre pacífico) de sus normas e imposiciones. Sin miedo y con esperanza, pues como dijo Gandhi: Siempre ha habido tiranos y asesinos, y por un tiempo han parecido invencibles. Pero siempre acaban cayendo. Siempre”.
 
 Xavier Caño Tamayo
Periodista y escrito
Alainet

sábado, 7 de julio de 2012

Ética en tiempos de crisis

Insiste un buen número de economistas, neoliberales y de los otros, en afirmar que la ausencia de algunos valores éticos no ha tenido influencia en la crisis que padecemos desde 2007. Según ellos, las crisis se han sucedido a lo largo de la historia y habría que suponer entonces que los vicios que las causan son consustanciales a la naturaleza humana.

Tienen razón en afirmar que la posibilidad de desarrollar vicios y también virtudes es consustancial a los seres humanos, pero convendría recordar la lección de aquel jefe indígena que contaba a sus nietos cómo en las personas hay dos lobos, el del resentimiento, la mentira y la maldad, y el de la bondad, la alegría, la misericordia y la esperanza. Terminada la narración uno de los niños preguntó: ¿cuál de los lobos crees que ganará? Y el abuelo contestó: el que alimentéis.

A los economistas neoliberales, y no sólo a ellos, les gusta ignorar estos relatos y creer que de los vicios privados a veces surgen buenos resultados para la vida económica y de las virtudes privadas a veces surgen malos resultados. Por eso prefieren atenerse al viejo dicho “lo que no son cuentas son cuentos” y asegurar que la economía sigue su curso sin que le perjudiquen la codicia o la insolidaridad, que quedarían para la vida privada. A su juicio, quienes mantienen que la falta de valores éticos perjudica a la vida pública son moralistas anacrónicos.

No se trata de recordar que los valores morales son efectivos en la vida pública, sino de distinguir, como hacía Ortega, entre estar altos de moral o desmoralizados como dos actitudes que posibilitan o impiden –respectivamente- que las personas y los pueblos lleven adelante su vida con bien. Qué duda cabe, siguiendo a Ortega, de que una persona o un pueblo desmoralizados no están en su propio quicio y vital eficacia, no están en posesión de sí mismos y por eso no viven sus vidas, sino que se las hacen otros, no crean, ni fecundan, ni son capaces de proyectar su futuro.

Y a la desmoralización hemos llegado no sólo por lo mal que se han hecho las cuentas, sino también porque se han disfrazado con cuentos perversos, como el de la contabilidad creativa, como el de los controladores que no sacaron a la luz los fallos en lo que supuestamente controlaban, como las mentiras públicas sobre lo que estaba pasando, como el empeño en que asumieran hipotecas quienes difícilmente podrían pagarlas, como la constante opacidad y falta de transparencia, como la ausencia de explicaciones veraces de lo que estaba ocurriendo.

Cuando a todo ello se suma que las presuntas soluciones vienen de comenzar los recortes por los más débiles, por los que menos responsabilidades han tenido en la catástrofe, parece difícil creer que la falta de ética (de competencia, mesura, transparencia y responsabilidad) no tiene nada que ver con todo esto y que sólo la mala suerte económica nos ha llevado donde estamos.

Pero como tal vez la principal característica del ser humano es la libertad, la capacidad de tomar la iniciativa, de coger las riendas de la propia vida, personal y compartida, es urgente emprender medidas que ayuden a cambiar el desmoralizador curso de las cosas, y quisiera proponer al menos las siguientes.

Optar por la verdad y la transparencia sería una de ellas. La sana costumbre de contar desde el poder político y el económico lo que ocurre y proponer lo que podemos hacer, explicando el proyecto que se tiene por delante.

Poner tasas a las transacciones financieras, en este mundo de capitalismo financiero, que es preciso replantear radicalmente. Si es cierto que el capitalismo emprendedor se transformó en el corporativo y desde mediados del siglo XX en capitalismo financiero, limitar su expansión es urgente y, como mínimo, utilizar sus recursos para los peor situados.

Apostar por la ejemplaridad, ejercer de forma ejemplar la función política, la judicial, la actividad de la empresa y la de cualquier profesión, no como algo excepcional, sino como un sobrentendido.

No empezar por recortar por lo más fácil, por los más débiles, sino por exigir la devolución de lo que se ha robado y reducir los sueldos de los implicados en la mala gestión.

Proteger a los más vulnerables, a los enfermos, los inmigrantes, los dependientes, los países en desarrollo, los niños porque es su derecho de justicia, amén de una elemental obligación de solidaridad.

Acometer medidas de crecimiento, generadoras de empleo, que para quienes cuentan con capacidad creadora no tienen porqué ser incompatibles con los ajustes.

Tratar de recordar lo que nos une y respetar lo que nos separa, porque agitar sólo lo que puede separarnos es, hoy más que nunca, letal.

Adela Cortina
Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia
CCS (Centro de Colaboraciones Solidarias)

El ecosistema de las finanzas éticas

Cada vez más entidades y personas buscan herramientas financieras alternativas para ahorrar, pedir préstamos o donar, desde los micromecenazgos a una banca ética participada universal. El ecosistema de las finanzas éticas y alternativas avanza, muta y se contagia de la lógica de la red, canalizando el hartazgo social de forma creativa y responsable.

La crisis de legitimidad de la banca convencional, con el agujero financiero de Bankia y el rescate por goteo, nos instala en un escenario donde las finanzas éticas y solidarias, desde las cooperativas de crédito, pasando por los micromecenazgos por internet, los grupos de ahorro y préstamo local, y la banca ética y solidaria tienen una baza que jugar muy importante.

Canalizar el hartazgo social con la banca tradicional de forma creativa y responsable no es fácil. La rapidez con la que ha funcionado la acción ciudadana de microfinanciación colectiva a través de la red para costear una querella contra Rodrigo Rato, que ha pulverizando los tiempos y pronósticos de recaudación de donaciones, nos habla de que nuevas formas de financiación se están articulando y que éstas funcionan. Aunque las velocidades de la red no siempre sean trasladables a todos los procesos de construcción de finanzas alternativas desde abajo.

“Necesitamos crear un sistema financiero nuevo integralmente. El enemigo no es el banco, sino nuestra supina ignorancia de cómo funcionan las finanzas. Si más gente se hubiese puesto las pilas con lo que suponen las finanzas, no viviríamos tan engañados. Hasta que no ha llegado la crisis y después el 15M, la ciudadanía en general no ha entendido lo importante que era haber llegado a este punto con una banca cooperativa”, observa Nuria del Río, del consejo asesor de la cooperativa financiera Coop57.Y precisa: “Bancos cooperativos ya hay en España, no están mal, han conseguido atribuciones de la banca tradicional en cuanto a servicios. Pero no se trataba tanto de eso como de contar con un banco de la gente y para la gente, de crear una banca de la que formas parte, donde puedes votar en una asamblea”.

Dentro de la economía social y solidaria nos encontramos proyectos de finanzas alternativas como Coop57 y Fiare, que están dando pasos de gran envergadura, abriendo el camino a otros proyectos de la economía social. Este año Fiare cierra una etapa fundacional y plantea funcionar en el Estado español como banca universal, esto es, ofreciendo todos los servicios habituales en ahorro (cuentas corrientes, tarjetas de crédito, banca por internet o cajeros automáticos) junto al resto de objetivos éticos y solidarios. “Ahora hay que iniciar las actividades de operativa financiera completa, con un capital social propio que está intacto y sin ningún condicionante”, apunta orgulloso Peru Sasia, presidente de Fiare. La memoria financiera de 2012 arroja un balance bastante positivo a pesar de la crisis, tanto por la parte de ahorro como de la financiación. Esto significa que Fiare, como Coop 57, es un brazo financiero en el que cada vez más entidades de la economía solidaria (cooperativas, fundaciones, asociaciones, sociedades de capital y redes) depositan su confianza y sus ahorros para que otros proyectos de la economía social sean posibles.
Al calor del 15M surgen también propuestas de utensilios financieros alternativos que se nutren del aprendizaje de los proyectos veteranos. Es el caso madrileño del proyecto embrionario Jak, inspirado en la banca sin intereses de Suecia. “Creemos que igual que nos juntamos para comprar fruta o verdura, podemos juntarnos con nuestro ahorro y financiar proyectos en los que creemos y que redunden en la economía local y solidaria. Queremos ir seduciendo a toda la gente que está decepcionada con la banca tradicional. Con la que está cayendo, se están desmontando todas las mentiras y la gente está deseando que proyectos como éste vayan adelante”, comenta Carlos Céspedes, que además de estar en el grupo local en Madrid de Jak, participa en comisión de economía del 15M y en la de la Red de Economía Alternativa Solidaria (REAS). Lo interesante de estos nuevos proyectos es que parten de lo que hay, atentos a no competir, buscando la forma de complementar el espectro de las finanzas éticas.

Bancas universales como Triodos Bank han sabido ocupar un hueco en la banca ética en el Estado español para un perfil de cliente difuso, que va desde las personas que ven peligrar sus ahorros en la banca convencional hasta quienes esperan que otra banca hecha de forma cooperativa empiece a funcionar con todos los servicios de ahorro. “No queremos ahorradores rebotados”, precisa Sonia Felipe, del departamento de comunicación de la entidad. Gracias a todos estos ahorradores que buscan otro modelo bancario, el número de cuentas de ahorro en Triodos ha pasado de 131.644 en 2007 a 363.086 en 2011, han podido triplicar el número de créditos concedidos y casi duplicar el personal contratado. Este incremento de usuarios denota una sensibilidad creciente hacia la banca ética en general.

¿Cómo se financian?
Las entidades financieras, aunque sean éticas, tienen que ser sostenibles. Cómo se consigue, especialmente cuando crecen, es quizá uno de los puntos más controvertidos. “Nuestro proyecto está construido sobre la reciprocidad, el intercambio de saberes, la donación. Hay muchas personas y organizaciones que ofrecen recursos y no en todos los casos está vinculada a un retorno económico”, comenta Peru Sasia. “No sólo hay que apoyar este tipo de bancos por lo que te renten, hay que tener un poco de visión estratégica. No lo montas como un emprendimiento social, sino porque es un terreno donde o estás dando la batalla o estás siempre muerto”, reflexiona Nuria del Río.

Para ser sostenibles se están ideando diversas estrategias que sean coherentes con los fines. “Coop57 se está planteando pedir a los socios si quieren renunciar a los intereses para depositarlos en una fundación y prestar dinero a proyectos de gran impacto que tengan un mayor riesgo de impago”, nos anuncia Fernando Sabín, cuya cooperativa de trabajo ha solicitado un crédito a FIARE y es socia de Coop57. Otro de los mecanismos futuros, según Sasia, podría ser la creación de productos de ahorro donde el interés se pague en algún tipo de bien relacionado con actividades de la economía solidaria (pagos en especie).

Desde el ámbito de las microfinanzas emergen propuestas innovadoras desde internet, en este último año se ha experimentado un boom de plataformas para la cofinanciación (conocida como crowdfunding). “El dinero es una herramienta más de muchas otras que hay que desarrollar”, nos dice por teléfono Enric Senabre, de la red social para cofinanciar proyectos Goteo. Para sostenerse financieramente, Senabre considera que hay que tener en paralelo activada alguna estrategia. En el caso de Goteo, para no depender sólo de las campañas de crowdfunding ofrecen servicios de formación, asesoría y en breve activarán el “capital riego”, una nueva modalidad para conseguir no sólo donaciones de personas y organizaciones sino de instituciones públicas y privadas: “son fondos que complementan la financiación colectiva, multiplicando el dinero de la gente. Allá donde vaya un euro de una persona iría un euro de una institución. El dinero se movería así siguiendo el interés de la gente y esto garantiza un funcionamiento interesante de fondos públicos y privados, que hasta ahora funcionaba con otros esquemas como jurados”.

El ecosistema de las finanzas éticas y alternativas avanza, muta y se contagia. “Es importante apoyarse mutuamente, coexistir en el espacio, sabiendo que entre todas hay suficientes herramientas para que se financien las cosas que hemos soñado conjuntamente”, concluye Nuria del Río.

Reas celebra su encuentro estatal
El 15 y 16 de junio tuvo lugar el encuentro estatal en Madrid de las Red de Economía Alternativa y Solidaria (REAS). Buena parte de las organizaciones de esta red, ahora implicadas en Coop57 y Fiare, vienen de trabajar en el ámbito de la exclusión social. “Esta es la primera gente que comprende que si no conquistas lo económico y te quedas en lo social solamente, no haces nada”, recuerda Nuria del Río, de Coop57. Así, justifica el nacimiento de esta Red: “Llegaba un momento que te topabas con el autoempleo, y al acompañar al lumpen proletariado, excluido de los útiles financieros convencionales, el techo financiero dio pie a experimentos de finanzas éticas y alternativas más inclusivos, donde las personas, y no la rentabilidad, estaba en el centro”.


Soraya González Guerrero (redacción)
Diagonal  

jueves, 21 de junio de 2012

Indignación y miedo

En los últimos días, los bancos están en el centro del debate público. Desde las escandalosas ayudas a Bankia, pasando por el rescate europeo a los bancos españoles, hasta la posible liquidación de ciertas cajas en proceso de transformación en bancos, la actualidad económica gira en torno a los bancos, su situación y su posible evolución a corto y medio plazo.

El interés que despierta la evolución de los bancos en la ciudadanía se puede deber a dos motivos muy diferentes entre sí. El primero de ellos sería la indignación por el coste que para el conjunto de los ciudadanos van a tener todas las ayudas que, en forma de préstamo o en forma de capital, van a recibir las entidades financieras. El segundo motivo sería la preocupación por el dinero que cada cual tiene depositado en las entidades financieras.

El coste neto de las ayudas que los bancos españoles han recibido desde el inicio de la crisis se estima que asciende a un 2,1% del PIB, es decir, unos 210.000 millones de euros. A esta cantidad habrá que añadirle el coste del rescate europeo que, en forma de préstamo al Reino de España, podría ascender hasta 100.000 millones de euros, aproximadamente un 1% del PIB. 

Dado que los términos de esta nueva ayuda aún no han sido precisados y que tampoco se conoce con certeza la forma en que el dinero llegará a las entidades financieras (préstamos o capital), no se puede estimar todavía cuál será el coste final del mismo. Pero lo que sí se puede afirmar sin errores que este proceso de rescate a la banca no va a resultar gratis a la ciudadanía y que, por tanto, vía aumento de impuestos o vía reducción del gasto público, todos pagaremos por él.

Que los ciudadanos paguemos con menores derechos sociales o con mayores impuestos los problemas financieros de la banca sería inaceptable para cualquier sociedad si no existiera el segundo motivo de preocupación que comentaba anteriormente. 

Esto es, el miedo a perder el dinero que cada cual tenga depositado en su correspondiente entidad financiera. Este miedo no deja de ser infundado y, a la vez, interesado. Infundado, porque existe un mecanismo, el Fondo de Garantía de Depósitos, que asegura el saldo depositado en los bancos con hasta 100.000 euros por depositario y entidad, lo cual supone una cantidad muy superior al saldo promedio que la mayoría de los ciudadanos mantienen actualmente en los bancos. Interesado, porque mientras se mantenga el miedo a perder el dinero propio la mayoría de la población estará dispuesta a asumir el coste del rescate a los bancos como un mal necesario. 

En esta combinación de indignación y miedo, de momento prevalece el miedo y la situación seguirá así mientras no se asuma lo que ese miedo esconde. Esto es, el hecho de que la mayoría de la población acepta un mal colectivo (recortes sociales y subidas de impuestos) como medio para obtener un pequeño beneficio personal (asegurar el saldo en la cuenta corriente).

Es este nivel, el de las acciones individuales, el que sostiene el entramado de las construcciones colectivas. 
Está bien y, sin duda, es necesario mostrar la indignación por las acciones de políticos y banqueros, entre otros. Pero son necesarios movimientos individuales cuando no se está de acuerdo con el estado de las cosas. En el caso de los bancos y sus ayudas, la protesta es una opción, pero vivir sin bancos también lo es y, cuando esto resulta imposible, optar por la banca ética o promover la existencia de una banca pública son también opciones a considerar. Aunque todo ello no dejan de ser pequeños movimientos superficiales. 

El gran terremoto sería estar dispuesto a asumir algún mal individual en favor del beneficio colectivo, pero ¿estaríamos dispuestos?

Luis A. Bermejo. Economista y miembro de Attac Murcia
La Opinión de Murcia

sábado, 16 de junio de 2012

La economía del bien común. El modelo económico del futuro

Resumen de Cristian Felber, diciembre de 2010

La economía del bien común es un libro de 150 páginas que se publicó el 16 de agosto de 2010 en la editorial vienesa Deuticke. Los fundamentos teóricos habían sido elaborados en un libro precedente „Nuevos valores para la economía”, del mismo autor (Deuticke, 2008).

Desde entonces, una veintena de empresarios ha participado en la tarea de desarrollar y detallar el modelo. Uno de los objetivos de la publicación del libro es escapar de la estéril dicotomía “lo que no es capitalismo tiene que ser comunismo” y ofrecer una alternativa sistémica humana. En el apéndice del libro, 70 empresas apoyan el modelo con su firma – lo cual es una señal de que el modelo no sólo es una hermosa idea utópica, sino que ha emergido desde la práctica empresarial. Hoy, unas 150 empresas apoyan el modelo y 50 se han decidido a implementarlo.

1. La economía del bien común reposa sobre los mismos valores que hacen florecer nuestras relaciones interhumanas: confianza, cooperación, aprecio, co-determinación, solidaridad, y acción de compartir. (Según recientes investigaciones científicas, las buenas relaciones interhumanas son uno de los factores que más contribuyen tanto a motivar a los seres humanos como a hacerlos felices.)

2. En la economía del bien común el marco legal experimenta un giro radical al pasar de estar orientado según los principios de competencia y avidez de lucro a los de cooperación y solidaridad. El significado del éxito empresarial cambia de beneficio financiero a contribución al bien común.

3. El bien común será definido en una asamblea democráticamente elegida y anclada en la constitución. Un nuevo balance principal mide el bien común: el balance del bien común. El balance del bien común se compone de criterios „duros“ (= medibles) en lo que concierne a los siguientes valores universales: diginidad humana, responsabilidad social, sostenibilidad ecológica, codeterminación democrática, y solidaridad con todos los “grupos involucrados” en la actividad de la empresa.

4. El balance financiero será el balance secundario. El capital deja de ser el fin de la actividad empresarial para convertirse en un medio. Meramente sirve para lograr el fin empresarial que es el bien común. Parte del bien común son los ingresos de todas las personas que trabajan en las empresas, que pueden aumentar hasta un máximo de 20 veces el salario mínimo legal.

5. El balance del bien común mide rendimientos sociales, ecológicos, democrátios y de justicia distributiva voluntarios. Las empresas con los mejores balances disfrutan deincentivos y ventajas legales que les permiten cubrir sus costes mayores y ofrecer los productos éticos a precios inferiores que los no éticos: tasas de impuestos reducidas, créditos con interés reducido, prioridad en la compra púbica y programas de investigación, …

6. El beneficio financiero, antes el fin de la actividad empresarial, se convierte ahora en un medio del neuvo fin: el bien común. Eso significa que sólo serán permitidas aquellas aplicaciones del beneficio financiero que aumenten el bien común: inversiones (con plusvalía social y ecológica), repago de créditos, reservas (limitadas), distribución a los que crean la plusvalía (máximo: 20 veces el salario mínimo) y créditos sin interés a co-empresas; mientras que las aplicaciones que reduzcan el bien común ya no serán legales: inversiones en los mercados financieros, adquisiciones hostiles, distribución a personas que no trabajan en la empresa, donaciones a partidos políticos.

7. Como el beneficio financiero ya no es un fin en sí mismo, las empresas recuperan la libertad de aspirar a su tamaño óptimo. Ya no tienen que temer que otras empresas se las “traguen” y ya no les estará permitido tragarse a otras empresas; no necesitarán tener que crecer para ser más lucrativas, poderosas o fuertes que l@s competidor@s. Todas las empresas serán redimidas de la coerción estructural de tener que crecer y devorarse mutuamente.

8. Las desigualdades en las rentas y en la propiedad serán limitadas: la renta máxima no puede ser más de 20 veces la renta mínima; la propiedad privada no puede exceder 10 millones de euros; el derecho heredetario se limita a medio millón de euros por persona, en el caso de empresas familiares a diez millones de euros por persona. Herencias que excedan estos límites serán distribuidas como “dote democrática” a miembros de la generación siguiente. El objetivo de la “herencia máxima” y “herencia mínima”: Cuanto más justamente distribuido esté el capital inicial tanto mayor será la igualdad de oportunidades.


9. Empresas grandes con más de 250 empleados pasan parcialmente a la propiedad de l@s emplead@s y l@s ciudadan@s; empresas con más de 5.000 emplead@s al cien por cien. L@s ciudadan@s serán representad@s por delegad@s directamente elegid@s en „parlamentos económicos regionales”. El gobierno no puede intervenir ni tiene propiedad en esas empresas.

10. El gobierno tampoco puede tocar los „bienes democráticos“, la tercera categoría de propiedad aparte de la gran mayoría de pymes privadas y unas cuantas grandes empresas de propiedad mixta. Bienes democráticos pueden ser: escuelas, universidades, hospitales, empresas de abastecimiento de agua y energía, telecomunicación, transporte público o bancas: la infraestructura básica.

11. Un bien democrático clave es „el banco democrático“. Este banco sirve – como todas las empresas – al bien común y está controlado como todos los bienes democráticos por la ciudadanía soberana y no por el Gobierno. Su servicio consiste en depósitos garantizados, créditos de interés reducido y cuentas corrientes gratuitas. Los mercados financieros tal y como se presentan hoy ya no existirán.

12. La democracia representativa será complementada por la democracia directa y la participativa. El pueblo soberano tiene el derecho a a) corregir a sus representantes (el parlamento), b) iniciar y adoptar leyes, c) iniciar y adoptar un cambio de la Constitución, y d) controlar áreas claves de la economía como los bienes democráticos.

13. Aparte de la asamblea económica [del bien común] habrá otras convenciones para profundizar la democracia: convención para la educación, una convención para la democratización de los medios de comunicación, y una convención para la creación de bienes democráticos.

14. Para anclar los valores de la economía del bien común en las generaciones futuras tan profundamente como hoy está arraigada en la generación actual la visión del ser humano socialdarwinista y capitalista, propongo cinco nuevas asignaturas obligatorias: emocionología, ética, comunicación, educación democrática y experiencia de la naturaleza.

15. Como la noción de „éxito empresarial“ será diferente en la economía del bien común, otras competencias de gestión serán las más solicitadas. Las personas más responsables, sociables, empáticas y capaces de atender al bien de tod@s y de la comunidad ecológica, serán l@s modelos apreciad@s por la sociedad y las más buscadas por las empresas.


Pensamiento Consciente